jueves, 18 de marzo de 2010

SEXTO PISO


Ensaya y practica “El beso perfecto” cada noche besándose la corva de los codos. Se entusiasma al pensar con el momento en que sus labios estarán unidos a otros por un hilo de saliva.

Retuerce su cuello como el amante de El beso de Klimt buscando el ángulo perfecto. Pasa las noches enrollado con sus huesudos y tísicos brazos, e intenta emular las despedidas amorosas, con besos de tornillo, como los de Humphery Bogart.

Un fatídico día de verano, un mareo dentro del ascensor y un tonto traspié. Adalberto perdió el equilibrio y sus brazos quedaron amputados en la entreplanta del sexto piso. La comunidad concilio por ello, instalar una puerta de seguridad en la cabina.

Aunque ya el chiquillo, perdió la oportunidad de saber besar para siempre.

jueves, 4 de marzo de 2010

LO SIENTO. -Contenido Erótico-.


Una vez más, el brazo de una mujer se le cruza en la cara para dejar los pendientes en la mesita de noche. Él esta en el lado izquierdo de la cama, ella en el derecho.

Él siempre empieza con un recorrido descendiente de pequeños besos. Comienza por el ovulo de la oreja, continua por el busto, hasta llegar a la primera parada cerca del ombligo. Ella sabe el final del trayecto, así que abre las piernas lentamente y curva la espalda a la espera de la lengua. Cierra los ojos y echa hacia atrás la cabeza enseñando la barbilla y dejando ver la aorta.

Hacen el amor. O por lo menos tienen sexo. Un sexo barbitúrico y sin condón. Ella es alergica al látex, y él quiere estar un milímetro más adentro. El no suele hablar cuando lo hace. No se siente cómodo. Y menos la primera vez. Aunque Ella insiste que le hable. Que le diga lo bonita que es.
Cae un gota de sudor desde su frente que aterriza en sus pechos. Unos pechos operados, inmóviles y preciosos como una estatua marmórea. Sin cicatriz, simétricos y duros al tacto.

Quiero que te corras cariño -Dice él mientras pasa una de las sedosas piernas de la chica por encima de su hombro.
Se abalanza sobre ella y le aprieta  la cadera como si la cogiera al vuelo. Ella bizca los ojos mirándole los labios. Se besan y se corren uno tras el otro, como en las películas. Con gritos y jadeos, con un poco de teatro y alevosía.
Al terminar se dan unos besos. Estos suenan a despedida y cierre. A conclusión. Él sale de la cama y coge la botella de agua que hay en suelo al lado de los tacones. Número treinta y ocho.

-¿Quieres agua Elena?

Ella hubiese cambiado "Elena" por el "cariño" de antes.

-Sí. –Contesta con la cabeza.

Él mira los condones que hay encima de la mesa al lado de los pendientes. Debería habérmelo puesto. Piensa.

-Voy al baño. ¿Quieres que te traiga papel? –Le pregunta mientras ella termina de beber.

-Tengo toallitas- Responde mirando el bolso que está encima del escritorio.
Deforma la botella de plástico de agua con la mano. -Ahora deberías estar acariciandome idiota- Se dice para si misma.

Él sale de la habitación desnudo. Recorre el pasillo a oscuras aunque la luz de la luna entra proyectando su sombra. Una sombra estirada y negruzca; casi tan vampirica como la del Conde Orlok.

Enciende la luz del espejo del cuarto de baño. Respira al contemplar su rostro reflejado. No es ningún monstruo. Se mira y ve como sus labios están hinchados y agrietados por los muerdos. Tiene el flequillo pegado en la frente por el sudor, y parece que es más guapo que esta mañana. Brillan sus ojos y su piel esta más tersa. Pero realmente sigue siendo un tipo común con cara de capullo.

Ella se limpia el semen mirando el gotéele del techo. Hace una bola con la toallita y la tira a la papelera desde lejos. Entra limpia. Dos puntos. Siempre ha sido afortunada en el juego, en lo demás, una total desgraciada.

La habitación huele a perfume infantil de las toallitas húmedas que acaba de utilizar. Ya no está desnuda, se ha puesto unas braguitas negras con un pequeño lazo de color azul. A juego con sus ojos. Su pelo está ensortijado y seco. Ella suele ser pasiva en el sexo. Prefiere que la monten y tener un rol de victima y niña buena. De tonta. Se pone cachonda así. Dejando que el hombre se sienta dominante, y sí, incluso que la penetren analmente. Puede ser sexista, pero a estas alturas tú opinión le importa una mierda.

El Psicólogo y psiquiatra Samuel se limpia el pene en el lavabo, con el jabón de mano de leche y miel para pieles sensibles. El glande aun lo tiene rojizo y sigue empalmado. Se limpia los testículos y se seca con una pequeña toalla que saca del armario.

Samuel trabaja para un hospital privado bastante caro. Tiene un departamento para ayudar a personas que van a empezar con algún tratamiento contra el cáncer o algún tumor nefasto. Suele hacer terapias para pacientes que le quedan poco tiempo de vida, y que han contraído alguna enfermedad imparable. Elena tiene metástasis. No tiene muchas probabilidades de vivir más de un año. Dentro de unos días empieza la quimioterapia. Es rica y joven. Tiene treinta y ocho. Como el número de sus zapatos.

Samuel se enjuaga la boca. Piensa en todas las tías que se ha follado. Unas vente al año. Y posiblemente más de la mitad están ya muertas. Suele acostarse con ellas porque están solas, débiles, y sobretodo, llenas de miedo y hasta el culo de antidepresivos. Él es la mano que las consuela. Su demagogia barata les ayuda a recuperar la religión de la que no tuvieron fe. O les regala la esperanza y la filosofía aristocrática de enfrentarse con el duelo de la muerte con dignidad mediante trucos y consejos de libros-recopilatorios de pensamiento positivo.

El  licenciado escupe el líquido verde con fuerza. Su boca huele a mentol. Vuelve a la habitación. El pene aun le golpea en los muslos. Elena parece dormir. Su cuerpo es como un reloj de arena volcado. Preciosa. Una chica ye-yé. Su tiempo acaba de pararse por una noche.
Samuel entra en la cama -aunque hubiese preferido dormir solo- mira la espalda de la chica. Contempla sus lunares y dibuja mentalmente líneas que une lunar con lunar como si fuera un periplo que tuviera que leer.

Cansado, no consigue descifrar el destino y termina por darse la vuelta.

-Hasta mañana Elena.

-Buenas Noches… -Susurra ella.

Y fue en ese instante cuando Samuel se dio cuenta de que él era parte del síntoma. El era parte de la enfermedad. Se dio cuenta, que él mismo, era un efecto segundario de las muertes prematuras.

martes, 23 de febrero de 2010

PSSSS....

Y me dice por to la cara, que no soy capaz de escribir un microrelato. Pero bueno, vale que tengo faltas de ortografía. Las tengo porque no tengo tiempo para estar releyéndome, y dándole al "corregir" que te trae por defecto el programa donde escribas tú.

También me falta un minidedo, que se encargue de acentuar las esdrújulas correctamente mientras escribo en el teclado a la velocidad impactante de 250 pulsaciones -maldito verano del 98- Que si en vez de un teclao tuviera un piano, seguro que te sacó la melodía de Terminator del tirón.

Y me dice el soplagaitas, que los microrelatos son un  chispazo de brillantez.
¡Es como correrte con los vaqueros puesto! no te jodes. Claro que yo tengo esa chispa. Mi segundo apellido  es  Chispeante... Ya escribí un par de microrelatos en su día y los mandé a concurso. Donde sospechosamente los concursos eran ganados por la misma persona, amiga y simpatizante de una asociación de escritores noveles, que colaboraba con la organización del concurso.:S

¡Ahora todos conmigo el estribillo de Alicia keys & Alejandro Sanz: Uhuhuhu!

Por eso no escribo y mando cosas a concursos, porque no tengo un minidedo que me corrija las faltas. Pero claro que tengo microrelatos, para achantarte la cara esa fea que llevas.

Si es que lo veo con sus gafas-pasta, y su cigarrillo haciéndose el culto y el bohemio, intentándose follar a la periodista de turno que trabaja por 30 pavos la columna, y que alardea que una vez le corto las uñas a Javier Bardem.

Bah!

Y este tipo, con su chaqueta y su barbita argentina, hablando de todo el mundo que ha visto y recorrido buscando historias... Pero no le cuenta que los billetes del AVE, se lo compró papito por internet.

En fin, que aqui tienes uno bocazas.  Vaya... pa chiflar con los dos dedos y que le caigan dos piedras...


PROGRESA ADECUADAMENTE

Un día más llego a casa exhausto del colegio. Cansado. Las noches las paso despierto desde hace un semestre. Ni la pasiflora, ni la pavolina, ni la valeriana consiguen sedarme y borrar la imagen obsesiva de la cara de Eva; ya no me alegra sorber la espuma de la cerveza ni de la Coca-Cola. Mañana celebro mi octavo cumpleaños y no quiero ser un precoz depresivo, ni un insulso... Pero sé que jamás seré feliz si no la tengo a mi lado. Desgraciadamente no hay maestro que lo entienda.
-¿Qué te pasa? -Pregunta madre desde la cocina.
-Estoy enamorado –Confieso como un cobarde.
-¿Y cómo lo sabes?
-Porque cuando la veo, me cuelgo la mochila de un asa.

viernes, 19 de febrero de 2010

viernes, 5 de febrero de 2010

MERIENDAS


Yo hay cosas, que no me explico. Y no me quiero poner en plan ecológico, ni estilimiqui, ni princeso.

¿Pero porque hay sitios donde te pides una bocadillo y el nota que te lo prepara esta fumando?

No nos pongamos a hablar de su dudoso "aprobado" en el examen de manipulador de alimento del curso de la junta de Andalucía pero joder que no esta en su casa. Pero él como si nada. Ahí esta con mi bocadillo de jamón serrano y con el Nobel en la otra mano; sujetándolo con esos dedos amarillos callosos, con el anillo de casado, que no se cae ni frotando con jabón. ¡Qué ojo! que yo a veces también le doy unas chifladitas aun piti cuando encarta. Que no critico al fumador sino a la adicción esa, de que hay gente que parece que nacieron con el cigarro pegado en el labio.

Y nada, allí llega el cocinillas con mi merienda rica en benceno. Me lo deja en la mesa con la servilleta esa ridícula, ultra pequeña dándote la bienvenida al Bar "El deoamarillo". Como se te ocurra utilizar esas servilletas, te salen boqueras y te cortas la yemas de los dedos.

Y nada, de allí me voy sin pagar y sin merendar.

sábado, 30 de enero de 2010

Los Cd's son para las terrazas, balcones y ventanas.


Ahora resulta que el que apoya la piratería “No ama la música.” Me parece que esto lo ha dicho Alejandro Sanz. Y digo me parece porque es que tampoco quiero molestarme en buscar quien ha dicho tal gilipollez. Pero voy a utilizarlo como modelo para exponer lo que yo pienso. Coff coff.

A ver amigo mió, Tú y los demás artistas que son mega millonarios que dais conciertos en las capitales del mundo acosta de un álbum en el cual solo 3 canciones valen la pena de 12. No me saltéis con esa demagogia barata.

Para empezar yo no me compro un cd desde hace años por el siguiente motivo:

Me suelo ir a correr tres días a la semana por el paseo marítimo con mi fabuloso mp3 donde caben tropecientas canciones, es un aparatito que cabe en mi palma de la mano, bastante aerodinámico y ligero. Hago una selección de las canciones que me gustan de diferentes artistas. Porque así me ahorro de escuchar canciones de paja y de pegote, que los artistas meten con colaboraciones para no romperse mas los cuernos componiendo. (Ahora tendriamos que tararear todos por Alicia Keys lo de ohoohh -ohoohh)

Pero, claro, si “amara la música” debería ir con un lector de cd, del tamaño de una caja del Telepizza extragrande por todo el paseo marítimo. O si lo preferís me compro un carrito, y me llevo mi tocadiscos y mis vinilos y me voy a la pista del atletismo a escuchar a Elvis o Billie Holiday mientras me hago los 1000 metros.
O lleno mi maletero de CDS, y me estrelló cuando quiera cambiar de artista. Y dejó el usb, que trae de serie el coche para que se llené de tela de araña, porque como amo la música.

No en serio, ¡Esto me toca los huevos! que el gremio de los músicos se quejen tanto; es que entonces, según lo que están diciendo no existirían las bibliotecas. O nadie podría dejar un libro a otra persona, porque le esta robando los derechos. Porque, el que ama la lectura, debería comprarse el libro.
¿Alguien ha escuchado a un escritor, quejarse de que nos prestamos los libros?. ¿O qué vayamos a la biblioteca? Porque yo no.

Señores músicos -y sobre todo a los millonarios- lo que tenéis que hacer es poner los Cd’s más baratos. Y que los Estudios de música, ya no valen tanto, que mi amigo José, tiene uno en su habitación que vayaaa ni Briniespy esa. Y pa’ la gran cagada que hacéis la mayoría no necesitáis tanta pijotada.

Lo que pasa, que estáis muy a gusto en Miami haciendo 12 cancioncitas. Para luego iros de gira por Roma, Barcelona, Madrid, Buenos Aires. Así por la cara.

Lo que tenéis que dar son mas conciertos, en bares, en pueblos, en ferias y palacios de congreso.
Porque vivir de los Cd’s a 20 pavos la unidad, no lo consiente nadie. Que os habéis vuelto antiguos y viejunos en vuestro mercado.
Muerte a las discográficas que nos mintieron desde que salio en Cd y el Dvd con eso de que “Aguantará 50 años sin destruirse” “Caben 200 bibliotecas juntas” ¡Te quiere ir perejil! Deja una semana un cd afuera del forro. A ver los cincuenta años que te va a durar máquina, que sois unos máquinas.

Pero sí que aplaudo -que cuando escuché esas noticias del nuevo reproductor y la muerte de las cintas y radicasettes- que jamás pensé por un momento, que tal aparato, serviría TAN BIEN para espantar a los pajaros de las huertas de tomate y lechuga,  y alejarlas de las cornisas de casa.

Que os den por donde amargan los pepinos.



Atentamente.

El mono dorado.

viernes, 29 de enero de 2010

QUERIDO ADENOMA


Laura se ha despertado a las ocho y media de la mañana. Ha tomado una nube; leche con un poquitín de café. Se lo ha preparado Juan, su novio, y padre de su hijo Aarón de seis años. Juan es un medio-calvo afeitado con perilla, un pestañas-largas de ojos verde oliva. Un inteligente tontaina con su encanto particular.
Juan aparte de la nube le ha preparado un cruasán con mermelada de frambuesas. Pero los cuernos no han sido mordidos, ni siquiera pellizcados. El apetito no acompaña a Laura. La verdad que levantarse un sábado para ir a recoger unas mamografías, no tiene que abrir el apetito a nadie. Y más pensado que el bulto del seno derecho puede ser un tumor.
Juan abraza a Laura y la besa antes de cruzar la puerta. Laura tiene los labios de puzzle que encaja con la boca doblada de Juan. Él recuerda la primera vez que la besó. Fue como cuando desayunó por primera vez, unas tortitas con miel y nata en la planta de arriba en el restaurante de El Corte Inglés. Impulsivamente tocó la tortita con el dedo y notó la esponjosa masa bajo su yema, se lamió los labios loco de contento. Fue como la guitarra de Jimmy Hendrix. Como ver una película en blanco y negro con subtítulos y emocionarte como nunca. Fue como un viaje en autobús en la parte de atrás con los amigos dirección Portugal. O como cuando se puso por primera vez zapatos para ir a Torremolinos, incluso como la música de los años noventa. O como la primera vez que mezcló Pepsi con tinto. Fue Maravilloso.
Se conocieron en un concierto de Mecano, se derramó el calimocho, y desde aquel día, se puede decir que Juan está frito por Laura. Enamorado hasta las trancas.
Laura es una chica bonita, de piel blanca moteada por unas pecas. Tiene un pelo negro liso que se peina con las manos antes de cerrar la puerta. Cuando le preguntan que cuando cumplió los treinta, siempre dice que cuando se les terminó los veintinueve. Es difícil acertar su edad, aún conserva el olor a Nenuco y un circo en sus ojos. Se va.
Juan le da el desayuno al niño, un Cola-Cao y un bollito con mantequilla. Aarón aúlla que no le gusta la fruta espachurrada. Así que nada de mermelada. Juan solo toma un vaso de leche con jalea real. Tiene un pellizco en el estómago. Las cosas no van muy bien. Tiene problemas en el trabajo, y llega justo para pagar la hipoteca. Los setecientos cincuenta euros que gana Laura más los suyos, no son suficientes. Piensa en vender el coche. Piensa que todo es una puta mierda. Y más mierda y puta sería si a Laura le diagnosticaran un tumor.

Pone la chaqueta a Aarón mientras le da el último sorbo al Cola-Cao frío. Y como cada sábado, si hace bueno, dan una vuelta por el paseo marítimo a que les dé un poco el sol. Hoy sin Laura.
La comisura del eterno perecer de la ola se marca en la arena por las zapatillas de unos futuros policías, que corren detrás de sus sueños. También hay chicas patinando, las torpes ríen en el suelo. Chuchos que olfatean las esquinas, mientras que cuatro Marías comen pipas. Las parejas pasean agarradas de la mano con gafas de sol de imitación que compraron a un vendedor nigeriano por las terrazas de verano. Otros achinan sus ojos por la claridad del día, no ven al chico de silla de ruedas. Tropiezan. Disculpas aceptadas.
El kiosco esta lleno de niños comprando helados y refrescos. El paseo marítimo es un gran teatrillo de personajes sorprendentes.
Lo que más le gusta Aarón es pasear cerca de las piedras, donde los gatos se esconden y juegan entre las rocas erosionadas por un mar turbio y verde. El gato que más le gusta a Aarón es uno que hay atigrado y sin rabo. Juan le contó, que cuando Noé hizo el arca, el gato llegó tarde para entrar, Noe no lo vio y al cerrar la puerta pensando que ya estaban todos, le pillo el rabo. Para pedirle perdón por haberle cortado la cola, le regaló siete vidas. Aarón siempre se queda un buen rato observándolo, intentando adivinar cuantas vidas le quedan.

Después de un paquete de pipas y unos gusanitos de ketchup, se sientan en un banco frente al mar, al lado de una pequeña fuente y un lava-pies. Los dos callados cierran los ojos con una permanente mueca, como si estuvieran oliendo al sol.
Juan no puede relajarse. La hipoteca, Laura, el futuro de su hijo, el coche, la muerte reciente de un amigo punzan su corazón. No sabe cómo va a soportar todo lo que le queda. A veces piensas que es débil. Que debió haberse preparado unas oposiciones, para ganar un poco más de lo que gana. Al final, el dinero es lo que importa.
-¿Papi? -Interrumpe el hijo el monólogo interior del padre.
-Dime.
-¿Cómo han llenado todo eso de agua? -Dice señalando el vasto mar.
Juan se ríe, y le da un beso.
-Supongo que con una jarra muy grande.
El móvil vibra en el bolsillo de Juan. Sus piernas se apagan. Es Laura. Juan se levanta y se aleja del banco con el corazón en la nuez, le da una orden imperiosa al niño de que se quede bien quieto.
-Dime... –Contesta manteniendo el miedo a raya.
-Que nada, que es benigno...
- No, no digas eso que…–Juan lloriquea desmoralizado.
-No cielo, eso es bueno…benigno, es bueno… Que no te preocupes…
Un silencio. El corazón vuelve a su sitio, las piernas se conectan con el sistema nervioso.
-Menos mal...Tu teta derecha era mi preferida.
Laura y Juan ríen y hablan durante unos minutos. Hoy cenan pizza. Juan se despide con cuatro besos. Cuelga y se dirige hacia el niño con una sonrisa de anuncio de Colgate. Aarón le contempla.
-¿Qué pasa Papi?
-Que mamá esta bien... -Explota una sonrisa.
-¿Nos han dado otra vida como al gato, no?
-Si, hijo -Suspira entrecortado- Otra vida. Como al gato...
El azul del cielo se tiñe del color celeste de los suavizantes. Incluso el resto del día empieza a oler así. A lavanda. Las nubes son la espuma de leche de un capuchino sin cacao. La gente sonríe por el paseo, compartiendo la buena noticia de que Laura esta bien. Juan mira de lejos como Aarón asusta a las palomas. Ambos, comparten la repugnancia hacia ellas.
Juan anda con cierto compás de cuatro por cuatro, como si fuese un bailarín y todo lo de su alrededor siguiera su coreografía. Laura está bien. Se repite una y otra vez. Y a cada paso que da, más contento está. Laura está bien. Sólo le falta un coro de gospel que le acompañe dando gracias a Dios.
Mientras bailotea levemente, mira como cuatro hombres caminan con sus perros y tres canes pasean a sus amos. Juan observa a cada uno de los que pasean, y piensa en las historias que pueden encerrar cada uno de ellos, sus problemas, sus victorias, sus derrotas. Sus miedos y sus más oscuros secretos. Lo especial, original y singular que somos cada uno de nosotros. Para bien o para mal.
Lo que le parece curioso, es que todos comparten la misma sensación de soledad. Desde el que está paralítico empotrado en una silla de ruedas, al joven que juega en la barandilla con su monopatín. Seguro que una mujer tres metros más atrás, ha tenido una experiencia similar a Laura, o se ha llegado a operar de cáncer de mama. Podría haberle contado su experiencia y como se enfrentó a su dolor. Pero cada cual sigue su invisible senda empedrada. Vivimos en sociedad, pero morimos solos. Es curioso, vuelve a pensar Juan. Somos conocidos en un mundo de extraños. Si al final todos somos iguales. Compartimos las mismas historias.

Aarón ha llegado a casa sin golpear a ninguna paloma. Juan abre la puerta. La entrada huele a Nenuco. Laura está en casa. Se abrazan, se besan. Torremolinos, tortitas con miel, zapatos nuevos, música pop, arpegios de guitarra, Lisboa, se mezclan con la saliva del beso. La puerta se cierra.
-Qué asco. -Dice Aarón viendo como se besan sus padres.
Mientras, fisgonea en las bolsas de la mesa de la cocina- Evidentemente encuentra las pizzas.
Beicon, ternera y barbacoa, para Juan. Cuatro quesos para Laura. Y Jamón y piña para Aarón. No hay nada mejor como comer en casa. Los tres preparan las pizzas a su gusto, con más orégano, más tomate, y un poco de gusanitos en una porción para que Aarón calle con sus preguntas culinarias. Parece una de esas escenas felices de Coca-cola. Pero en casa de Juan en vez de Coca-cola, hay Té Verde marca Hacendado. Laura no quiere nada con gas. Nada más que las burbujas de la pecera del salón. Juan Luís llaman al pez.

Al terminar, Juan limpia la cocina. Esta vez sin refunfuñar. Laura baña a Aarón mientras practican las lenguas de los animales. Hoy toca el lenguaje de las ballenas. Juan se queja mientras friega el suelo. Ojala supiera hablar balleno.
Laura y Aarón se lo pasan en grande mientras juegan a ser cetáceos y mandar mensajes submarinos. Para hablar balleno es indispensable sumergir la boca y la nariz en agua. Las ondas sonoras lanzadas es una amalgama de saxofones, oboes, cornetas inglesas, guitarras, y pedorretas. Requiere de muchos baños y duchas para perfeccionar la dicción. Mientras se ponen en pijama repasan el pípi, el lenguaje de los pájaros. Los vecinos de arriba están hartos de las clases particulares a estas horas.

Juan baja la basura. Dos bolsas. Una, de botellas vacías para reciclar. Otra, con los desechos y porquerías del día. Que no lo son tanto para Ramón, que se lo encuentra de frente, el vagabundo alcohólico y ex -vecino del barrio. Juan suspira, y piensa que a Ramón le iría bien un par de clases de pípi, y hacerse amigo de algún pájaro para que le lleven volando a una nueva vida, lejos del vino y los container de basura. Lejos también, del recuerdo de la muerte de sus hijos y de su mujer. Mientras que Juan vuelve al portal, Ramón abre el cubo y busca la cena.

Juan sube por las escaleras e intenta calcular cuantas calorías tiene una porción de pizza y cuántos peldaños tiene que subir para quemarlas.
Se me está pegando esto de Laura, seguro. Mientras sube, Juan piensa en Ramón. A él seguro que no le preocupa las calorías. Ni las hipotecas. Juan reflexiona y dibuja en su rostro unas líneas de pena y desasosiego por Ramón. Afirma mentalmente: Voy a vender el coche. Voy a comprar uno de segunda mano. Y va ha sobrar un buen pellizco. Todo va ir mejor. Claro que sí. Mi familia no va a cenar entre la basura. Jamás.

Al entrar en casa, Juan escucha el principio del cuento que Laura narra a Aarón. En los cuentos de Laura puede aparecer el Hombre-Araña, como Neptuno, pasando por Hormigas gigantes. Lo admirable es que siempre hay una improvisada moraleja. Aunque la de esta noche se la pierda. Púes Juan se desnuda en el baño con la puerta cerrada. Aún conserva su vergüenza adolescente. Abre el grifo. No oye nada con los tímpanos taponados por el agua, los ojos se le cierran involuntariamente por las gotas que quedan atrapadas en las pestañas. El cansancio del día lo vence. Se lava los dientes.
Los azulejos del baño aun están húmedos y empañados. Se ha duchado, afeitado y secado el pelo con la toalla de los pies. A veces se hipnotiza con su propio reflejo mientras termina con el bote de desodorante. Se percata paralizado de ver como pasan los años sutilmente entre los imperceptibles días. Habla al tipo del espejo.
Mi piel ha envejecido, me creció bigote y perilla, mis ojos han menguado. Al final, sí que cambiamos. No hace mucho pensaba que iba a caber eternamente en el carrito de la compra de mamá. Dónde sentado me dejaba llevar hasta el Rastro. Me encantaba comer los madroños que un gitano vendía en un puesto de golosinas justo al principio de rastrillo. Después de un paseo entre el barullo de payos y gitanos, el carro se llenaba de toda clase de hortalizas y frutas de la temporada. La vuelta la hacia andando mondando una dulce mandarina.
Ya ha pasado unos años, y ahora vamos al supermercado. El que han puesto al lado de casa. Donde antes había unos arbolitos raquíticos y apenados, pero que conservaban la esperanza de que les bañara alguna reconstituyente lluvia. Pero en la ciudad las lluvias son escasas y murieron con la ilusión de la espera.
Los árboles fueron arrancados por la construcción del parking del centro comercial. Ron, era mi pastor Alemán, mi amigo. No dejó de ladrar impetuosamente a los rótulos fluorescentes del Centro Comercial. A Ron le encantaba oler esos árboles, los repasaba todo los días, se arrascaba y comía de sus hierbajos; los días de verano buscaba la sombra lánguida de sus anémicos troncos. Hasta que finalmente se lo despojaron. Eso fue lo que le deprimió. Dejó de comer, de ladrar, de jugar con su pelota de tenis. Hasta que finalmente murió de un suspiro de pena. Pobre Ron. Pobre árboles. No hay nada peor que te arrebaten lo que mas quieres. Hoy puedo dar fe de ello; si le pasara algo a Laura o Aarón, yo también moriría de un suspiro.

Juan sale del baño oliendo más a nostalgia que a champú. Se pone el pijama, ese de pantalones de los ochenta y camiseta de propaganda. Las luces de la casa están apagadas. El cuento ha terminado. Conociendo a la madre, las hormigas ganaron. Aarón duerme. Se oye el televisor de fondo y los pasos descalzos de Juan acercándose al salón. El pez dormita en su castillo, no oye nada. Laura esta tumbada en el sofá echándose crema en las piernas, “Almendras dulces” pone en el taro. Lleva una camiseta ancha, dos tallas más a la suya estilo dance. Es negra con unos líneas magentas, amarillas y azules, las costura están roídas por las polillas. A Juan le encanta esa camiseta, porque deja ver un hombro y el tirante del sujetador. Laura es su reina de Saba.
En la mesa hay tres velas aromáticas de chocolate. Las cortinas echadas. Los platos de la cocina se secan con el ambiente. Las llamas fragantes titilan dentro de los ojos de Laura. Separa los labios, y en voz baja dice:
-Gordo –hinchando las vocales- Van a poner una película. Y me han dicho las del trabajo que es muy buena. ¿Te apetece verla?
-No hay nada que me parezca mejor. ¿Sabes? Hoy estoy muy feliz.
-¿Por qué?- Lo mira con una sonrisa. Él es su Dandi.
-Porque hoy, al final. Ha sido un día cualquiera.
Laura besa armoniosamente a Juan. Degustan de la serenidad de la noche. Los besos son tranquilizantes como la valeriana pura. Los días cotidianos, a veces son, los más felices.
-¿Sabes nene? Me encantan tus ojos verdes –Dice Laura hechizada.
-Te los regalo. –Dice Juan entre beso y beso- Pero te los guardo yo.
Juan acaricia a Laura bajo las clavículas. Le dibuja un corazón en el pecho con el dedo. A ella se le eriza la piel. Las velas se apagan. Empieza la película.
-¿Cariño? –Pregunta a oscuras e interrumpiendo el clímax.
-Dime amor.
-Entonces, ¿El médico que te ha dicho que tienes?
Laura busca el mando a distancias a ciegas y baja el volumen del televisor.
-Un adenoma.
-Vaya nombre tan feo para una noticia tan buena…
Laura calla a Juan con un pico. Vuelve a subir el volumen. Los besos suenan mucho en casa, sobretodo, los días como hoy. Los de finales felices.