Laura se ha despertado a las ocho y media de la mañana. Ha tomado una nube; leche con un poquitín de café. Se lo ha preparado Juan, su novio, y padre de su hijo Aarón de seis años. Juan es un medio-calvo afeitado con perilla, un pestañas-largas de ojos verde oliva. Un inteligente tontaina con su encanto particular.
Juan aparte de la nube le ha preparado un cruasán con mermelada de frambuesas. Pero los cuernos no han sido mordidos, ni siquiera pellizcados. El apetito no acompaña a Laura. La verdad que levantarse un sábado para ir a recoger unas mamografías, no tiene que abrir el apetito a nadie. Y más pensado que el bulto del seno derecho puede ser un tumor.
Juan abraza a Laura y la besa antes de cruzar la puerta. Laura tiene los labios de puzzle que encaja con la boca doblada de Juan. Él recuerda la primera vez que la besó. Fue como cuando desayunó por primera vez, unas tortitas con miel y nata en la planta de arriba en el restaurante de El Corte Inglés. Impulsivamente tocó la tortita con el dedo y notó la esponjosa masa bajo su yema, se lamió los labios loco de contento. Fue como la guitarra de Jimmy Hendrix. Como ver una película en blanco y negro con subtítulos y emocionarte como nunca. Fue como un viaje en autobús en la parte de atrás con los amigos dirección Portugal. O como cuando se puso por primera vez zapatos para ir a Torremolinos, incluso como la música de los años noventa. O como la primera vez que mezcló Pepsi con tinto. Fue Maravilloso.
Se conocieron en un concierto de Mecano, se derramó el calimocho, y desde aquel día, se puede decir que Juan está frito por Laura. Enamorado hasta las trancas.
Laura es una chica bonita, de piel blanca moteada por unas pecas. Tiene un pelo negro liso que se peina con las manos antes de cerrar la puerta. Cuando le preguntan que cuando cumplió los treinta, siempre dice que cuando se les terminó los veintinueve. Es difícil acertar su edad, aún conserva el olor a Nenuco y un circo en sus ojos. Se va.
Juan le da el desayuno al niño, un Cola-Cao y un bollito con mantequilla. Aarón aúlla que no le gusta la fruta espachurrada. Así que nada de mermelada. Juan solo toma un vaso de leche con jalea real. Tiene un pellizco en el estómago. Las cosas no van muy bien. Tiene problemas en el trabajo, y llega justo para pagar la hipoteca. Los setecientos cincuenta euros que gana Laura más los suyos, no son suficientes. Piensa en vender el coche. Piensa que todo es una puta mierda. Y más mierda y puta sería si a Laura le diagnosticaran un tumor.
Pone la chaqueta a Aarón mientras le da el último sorbo al Cola-Cao frío. Y como cada sábado, si hace bueno, dan una vuelta por el paseo marítimo a que les dé un poco el sol. Hoy sin Laura.
La comisura del eterno perecer de la ola se marca en la arena por las zapatillas de unos futuros policías, que corren detrás de sus sueños. También hay chicas patinando, las torpes ríen en el suelo. Chuchos que olfatean las esquinas, mientras que cuatro Marías comen pipas. Las parejas pasean agarradas de la mano con gafas de sol de imitación que compraron a un vendedor nigeriano por las terrazas de verano. Otros achinan sus ojos por la claridad del día, no ven al chico de silla de ruedas. Tropiezan. Disculpas aceptadas.
El kiosco esta lleno de niños comprando helados y refrescos. El paseo marítimo es un gran teatrillo de personajes sorprendentes.
Lo que más le gusta Aarón es pasear cerca de las piedras, donde los gatos se esconden y juegan entre las rocas erosionadas por un mar turbio y verde. El gato que más le gusta a Aarón es uno que hay atigrado y sin rabo. Juan le contó, que cuando Noé hizo el arca, el gato llegó tarde para entrar, Noe no lo vio y al cerrar la puerta pensando que ya estaban todos, le pillo el rabo. Para pedirle perdón por haberle cortado la cola, le regaló siete vidas. Aarón siempre se queda un buen rato observándolo, intentando adivinar cuantas vidas le quedan.
Después de un paquete de pipas y unos gusanitos de ketchup, se sientan en un banco frente al mar, al lado de una pequeña fuente y un lava-pies. Los dos callados cierran los ojos con una permanente mueca, como si estuvieran oliendo al sol.
Juan no puede relajarse. La hipoteca, Laura, el futuro de su hijo, el coche, la muerte reciente de un amigo punzan su corazón. No sabe cómo va a soportar todo lo que le queda. A veces piensas que es débil. Que debió haberse preparado unas oposiciones, para ganar un poco más de lo que gana. Al final, el dinero es lo que importa.
-¿Papi? -Interrumpe el hijo el monólogo interior del padre.
-Dime.
-¿Cómo han llenado todo eso de agua? -Dice señalando el vasto mar.
Juan se ríe, y le da un beso.
-Supongo que con una jarra muy grande.
El móvil vibra en el bolsillo de Juan. Sus piernas se apagan. Es Laura. Juan se levanta y se aleja del banco con el corazón en la nuez, le da una orden imperiosa al niño de que se quede bien quieto.
-Dime... –Contesta manteniendo el miedo a raya.
-Que nada, que es benigno...
- No, no digas eso que…–Juan lloriquea desmoralizado.
-No cielo, eso es bueno…benigno, es bueno… Que no te preocupes…
Un silencio. El corazón vuelve a su sitio, las piernas se conectan con el sistema nervioso.
-Menos mal...Tu teta derecha era mi preferida.
Laura y Juan ríen y hablan durante unos minutos. Hoy cenan pizza. Juan se despide con cuatro besos. Cuelga y se dirige hacia el niño con una sonrisa de anuncio de Colgate. Aarón le contempla.
-¿Qué pasa Papi?
-Que mamá esta bien... -Explota una sonrisa.
-¿Nos han dado otra vida como al gato, no?
-Si, hijo -Suspira entrecortado- Otra vida. Como al gato...
El azul del cielo se tiñe del color celeste de los suavizantes. Incluso el resto del día empieza a oler así. A lavanda. Las nubes son la espuma de leche de un capuchino sin cacao. La gente sonríe por el paseo, compartiendo la buena noticia de que Laura esta bien. Juan mira de lejos como Aarón asusta a las palomas. Ambos, comparten la repugnancia hacia ellas.
Juan anda con cierto compás de cuatro por cuatro, como si fuese un bailarín y todo lo de su alrededor siguiera su coreografía. Laura está bien. Se repite una y otra vez. Y a cada paso que da, más contento está. Laura está bien. Sólo le falta un coro de gospel que le acompañe dando gracias a Dios.
Mientras bailotea levemente, mira como cuatro hombres caminan con sus perros y tres canes pasean a sus amos. Juan observa a cada uno de los que pasean, y piensa en las historias que pueden encerrar cada uno de ellos, sus problemas, sus victorias, sus derrotas. Sus miedos y sus más oscuros secretos. Lo especial, original y singular que somos cada uno de nosotros. Para bien o para mal.
Lo que le parece curioso, es que todos comparten la misma sensación de soledad. Desde el que está paralítico empotrado en una silla de ruedas, al joven que juega en la barandilla con su monopatín. Seguro que una mujer tres metros más atrás, ha tenido una experiencia similar a Laura, o se ha llegado a operar de cáncer de mama. Podría haberle contado su experiencia y como se enfrentó a su dolor. Pero cada cual sigue su invisible senda empedrada. Vivimos en sociedad, pero morimos solos. Es curioso, vuelve a pensar Juan. Somos conocidos en un mundo de extraños. Si al final todos somos iguales. Compartimos las mismas historias.
Aarón ha llegado a casa sin golpear a ninguna paloma. Juan abre la puerta. La entrada huele a Nenuco. Laura está en casa. Se abrazan, se besan. Torremolinos, tortitas con miel, zapatos nuevos, música pop, arpegios de guitarra, Lisboa, se mezclan con la saliva del beso. La puerta se cierra.
-Qué asco. -Dice Aarón viendo como se besan sus padres.
Mientras, fisgonea en las bolsas de la mesa de la cocina- Evidentemente encuentra las pizzas.
Beicon, ternera y barbacoa, para Juan. Cuatro quesos para Laura. Y Jamón y piña para Aarón. No hay nada mejor como comer en casa. Los tres preparan las pizzas a su gusto, con más orégano, más tomate, y un poco de gusanitos en una porción para que Aarón calle con sus preguntas culinarias. Parece una de esas escenas felices de Coca-cola. Pero en casa de Juan en vez de Coca-cola, hay Té Verde marca Hacendado. Laura no quiere nada con gas. Nada más que las burbujas de la pecera del salón. Juan Luís llaman al pez.
Al terminar, Juan limpia la cocina. Esta vez sin refunfuñar. Laura baña a Aarón mientras practican las lenguas de los animales. Hoy toca el lenguaje de las ballenas. Juan se queja mientras friega el suelo. Ojala supiera hablar balleno.
Laura y Aarón se lo pasan en grande mientras juegan a ser cetáceos y mandar mensajes submarinos. Para hablar balleno es indispensable sumergir la boca y la nariz en agua. Las ondas sonoras lanzadas es una amalgama de saxofones, oboes, cornetas inglesas, guitarras, y pedorretas. Requiere de muchos baños y duchas para perfeccionar la dicción. Mientras se ponen en pijama repasan el pípi, el lenguaje de los pájaros. Los vecinos de arriba están hartos de las clases particulares a estas horas.
Juan baja la basura. Dos bolsas. Una, de botellas vacías para reciclar. Otra, con los desechos y porquerías del día. Que no lo son tanto para Ramón, que se lo encuentra de frente, el vagabundo alcohólico y ex -vecino del barrio. Juan suspira, y piensa que a Ramón le iría bien un par de clases de pípi, y hacerse amigo de algún pájaro para que le lleven volando a una nueva vida, lejos del vino y los container de basura. Lejos también, del recuerdo de la muerte de sus hijos y de su mujer. Mientras que Juan vuelve al portal, Ramón abre el cubo y busca la cena.
Juan sube por las escaleras e intenta calcular cuantas calorías tiene una porción de pizza y cuántos peldaños tiene que subir para quemarlas.
Se me está pegando esto de Laura, seguro. Mientras sube, Juan piensa en Ramón. A él seguro que no le preocupa las calorías. Ni las hipotecas. Juan reflexiona y dibuja en su rostro unas líneas de pena y desasosiego por Ramón. Afirma mentalmente: Voy a vender el coche. Voy a comprar uno de segunda mano. Y va ha sobrar un buen pellizco. Todo va ir mejor. Claro que sí. Mi familia no va a cenar entre la basura. Jamás.
Al entrar en casa, Juan escucha el principio del cuento que Laura narra a Aarón. En los cuentos de Laura puede aparecer el Hombre-Araña, como Neptuno, pasando por Hormigas gigantes. Lo admirable es que siempre hay una improvisada moraleja. Aunque la de esta noche se la pierda. Púes Juan se desnuda en el baño con la puerta cerrada. Aún conserva su vergüenza adolescente. Abre el grifo. No oye nada con los tímpanos taponados por el agua, los ojos se le cierran involuntariamente por las gotas que quedan atrapadas en las pestañas. El cansancio del día lo vence. Se lava los dientes.
Los azulejos del baño aun están húmedos y empañados. Se ha duchado, afeitado y secado el pelo con la toalla de los pies. A veces se hipnotiza con su propio reflejo mientras termina con el bote de desodorante. Se percata paralizado de ver como pasan los años sutilmente entre los imperceptibles días. Habla al tipo del espejo.
Mi piel ha envejecido, me creció bigote y perilla, mis ojos han menguado. Al final, sí que cambiamos. No hace mucho pensaba que iba a caber eternamente en el carrito de la compra de mamá. Dónde sentado me dejaba llevar hasta el Rastro. Me encantaba comer los madroños que un gitano vendía en un puesto de golosinas justo al principio de rastrillo. Después de un paseo entre el barullo de payos y gitanos, el carro se llenaba de toda clase de hortalizas y frutas de la temporada. La vuelta la hacia andando mondando una dulce mandarina.
Ya ha pasado unos años, y ahora vamos al supermercado. El que han puesto al lado de casa. Donde antes había unos arbolitos raquíticos y apenados, pero que conservaban la esperanza de que les bañara alguna reconstituyente lluvia. Pero en la ciudad las lluvias son escasas y murieron con la ilusión de la espera.
Los árboles fueron arrancados por la construcción del parking del centro comercial. Ron, era mi pastor Alemán, mi amigo. No dejó de ladrar impetuosamente a los rótulos fluorescentes del Centro Comercial. A Ron le encantaba oler esos árboles, los repasaba todo los días, se arrascaba y comía de sus hierbajos; los días de verano buscaba la sombra lánguida de sus anémicos troncos. Hasta que finalmente se lo despojaron. Eso fue lo que le deprimió. Dejó de comer, de ladrar, de jugar con su pelota de tenis. Hasta que finalmente murió de un suspiro de pena. Pobre Ron. Pobre árboles. No hay nada peor que te arrebaten lo que mas quieres. Hoy puedo dar fe de ello; si le pasara algo a Laura o Aarón, yo también moriría de un suspiro.
Juan sale del baño oliendo más a nostalgia que a champú. Se pone el pijama, ese de pantalones de los ochenta y camiseta de propaganda. Las luces de la casa están apagadas. El cuento ha terminado. Conociendo a la madre, las hormigas ganaron. Aarón duerme. Se oye el televisor de fondo y los pasos descalzos de Juan acercándose al salón. El pez dormita en su castillo, no oye nada. Laura esta tumbada en el sofá echándose crema en las piernas, “Almendras dulces” pone en el taro. Lleva una camiseta ancha, dos tallas más a la suya estilo dance. Es negra con unos líneas magentas, amarillas y azules, las costura están roídas por las polillas. A Juan le encanta esa camiseta, porque deja ver un hombro y el tirante del sujetador. Laura es su reina de Saba.
En la mesa hay tres velas aromáticas de chocolate. Las cortinas echadas. Los platos de la cocina se secan con el ambiente. Las llamas fragantes titilan dentro de los ojos de Laura. Separa los labios, y en voz baja dice:
-Gordo –hinchando las vocales- Van a poner una película. Y me han dicho las del trabajo que es muy buena. ¿Te apetece verla?
-No hay nada que me parezca mejor. ¿Sabes? Hoy estoy muy feliz.
-¿Por qué?- Lo mira con una sonrisa. Él es su Dandi.
-Porque hoy, al final. Ha sido un día cualquiera.
Laura besa armoniosamente a Juan. Degustan de la serenidad de la noche. Los besos son tranquilizantes como la valeriana pura. Los días cotidianos, a veces son, los más felices.
-¿Sabes nene? Me encantan tus ojos verdes –Dice Laura hechizada.
-Te los regalo. –Dice Juan entre beso y beso- Pero te los guardo yo.
Juan acaricia a Laura bajo las clavículas. Le dibuja un corazón en el pecho con el dedo. A ella se le eriza la piel. Las velas se apagan. Empieza la película.
-¿Cariño? –Pregunta a oscuras e interrumpiendo el clímax.
-Dime amor.
-Entonces, ¿El médico que te ha dicho que tienes?
Laura busca el mando a distancias a ciegas y baja el volumen del televisor.
-Un adenoma.
-Vaya nombre tan feo para una noticia tan buena…
Laura calla a Juan con un pico. Vuelve a subir el volumen. Los besos suenan mucho en casa, sobretodo, los días como hoy. Los de finales felices.