jueves, 18 de marzo de 2010

SEXTO PISO


Ensaya y practica “El beso perfecto” cada noche besándose la corva de los codos. Se entusiasma al pensar con el momento en que sus labios estarán unidos a otros por un hilo de saliva.

Retuerce su cuello como el amante de El beso de Klimt buscando el ángulo perfecto. Pasa las noches enrollado con sus huesudos y tísicos brazos, e intenta emular las despedidas amorosas, con besos de tornillo, como los de Humphery Bogart.

Un fatídico día de verano, un mareo dentro del ascensor y un tonto traspié. Adalberto perdió el equilibrio y sus brazos quedaron amputados en la entreplanta del sexto piso. La comunidad concilio por ello, instalar una puerta de seguridad en la cabina.

Aunque ya el chiquillo, perdió la oportunidad de saber besar para siempre.

jueves, 4 de marzo de 2010

LO SIENTO. -Contenido Erótico-.


Una vez más, el brazo de una mujer se le cruza en la cara para dejar los pendientes en la mesita de noche. Él esta en el lado izquierdo de la cama, ella en el derecho.

Él siempre empieza con un recorrido descendiente de pequeños besos. Comienza por el ovulo de la oreja, continua por el busto, hasta llegar a la primera parada cerca del ombligo. Ella sabe el final del trayecto, así que abre las piernas lentamente y curva la espalda a la espera de la lengua. Cierra los ojos y echa hacia atrás la cabeza enseñando la barbilla y dejando ver la aorta.

Hacen el amor. O por lo menos tienen sexo. Un sexo barbitúrico y sin condón. Ella es alergica al látex, y él quiere estar un milímetro más adentro. El no suele hablar cuando lo hace. No se siente cómodo. Y menos la primera vez. Aunque Ella insiste que le hable. Que le diga lo bonita que es.
Cae un gota de sudor desde su frente que aterriza en sus pechos. Unos pechos operados, inmóviles y preciosos como una estatua marmórea. Sin cicatriz, simétricos y duros al tacto.

Quiero que te corras cariño -Dice él mientras pasa una de las sedosas piernas de la chica por encima de su hombro.
Se abalanza sobre ella y le aprieta  la cadera como si la cogiera al vuelo. Ella bizca los ojos mirándole los labios. Se besan y se corren uno tras el otro, como en las películas. Con gritos y jadeos, con un poco de teatro y alevosía.
Al terminar se dan unos besos. Estos suenan a despedida y cierre. A conclusión. Él sale de la cama y coge la botella de agua que hay en suelo al lado de los tacones. Número treinta y ocho.

-¿Quieres agua Elena?

Ella hubiese cambiado "Elena" por el "cariño" de antes.

-Sí. –Contesta con la cabeza.

Él mira los condones que hay encima de la mesa al lado de los pendientes. Debería habérmelo puesto. Piensa.

-Voy al baño. ¿Quieres que te traiga papel? –Le pregunta mientras ella termina de beber.

-Tengo toallitas- Responde mirando el bolso que está encima del escritorio.
Deforma la botella de plástico de agua con la mano. -Ahora deberías estar acariciandome idiota- Se dice para si misma.

Él sale de la habitación desnudo. Recorre el pasillo a oscuras aunque la luz de la luna entra proyectando su sombra. Una sombra estirada y negruzca; casi tan vampirica como la del Conde Orlok.

Enciende la luz del espejo del cuarto de baño. Respira al contemplar su rostro reflejado. No es ningún monstruo. Se mira y ve como sus labios están hinchados y agrietados por los muerdos. Tiene el flequillo pegado en la frente por el sudor, y parece que es más guapo que esta mañana. Brillan sus ojos y su piel esta más tersa. Pero realmente sigue siendo un tipo común con cara de capullo.

Ella se limpia el semen mirando el gotéele del techo. Hace una bola con la toallita y la tira a la papelera desde lejos. Entra limpia. Dos puntos. Siempre ha sido afortunada en el juego, en lo demás, una total desgraciada.

La habitación huele a perfume infantil de las toallitas húmedas que acaba de utilizar. Ya no está desnuda, se ha puesto unas braguitas negras con un pequeño lazo de color azul. A juego con sus ojos. Su pelo está ensortijado y seco. Ella suele ser pasiva en el sexo. Prefiere que la monten y tener un rol de victima y niña buena. De tonta. Se pone cachonda así. Dejando que el hombre se sienta dominante, y sí, incluso que la penetren analmente. Puede ser sexista, pero a estas alturas tú opinión le importa una mierda.

El Psicólogo y psiquiatra Samuel se limpia el pene en el lavabo, con el jabón de mano de leche y miel para pieles sensibles. El glande aun lo tiene rojizo y sigue empalmado. Se limpia los testículos y se seca con una pequeña toalla que saca del armario.

Samuel trabaja para un hospital privado bastante caro. Tiene un departamento para ayudar a personas que van a empezar con algún tratamiento contra el cáncer o algún tumor nefasto. Suele hacer terapias para pacientes que le quedan poco tiempo de vida, y que han contraído alguna enfermedad imparable. Elena tiene metástasis. No tiene muchas probabilidades de vivir más de un año. Dentro de unos días empieza la quimioterapia. Es rica y joven. Tiene treinta y ocho. Como el número de sus zapatos.

Samuel se enjuaga la boca. Piensa en todas las tías que se ha follado. Unas vente al año. Y posiblemente más de la mitad están ya muertas. Suele acostarse con ellas porque están solas, débiles, y sobretodo, llenas de miedo y hasta el culo de antidepresivos. Él es la mano que las consuela. Su demagogia barata les ayuda a recuperar la religión de la que no tuvieron fe. O les regala la esperanza y la filosofía aristocrática de enfrentarse con el duelo de la muerte con dignidad mediante trucos y consejos de libros-recopilatorios de pensamiento positivo.

El  licenciado escupe el líquido verde con fuerza. Su boca huele a mentol. Vuelve a la habitación. El pene aun le golpea en los muslos. Elena parece dormir. Su cuerpo es como un reloj de arena volcado. Preciosa. Una chica ye-yé. Su tiempo acaba de pararse por una noche.
Samuel entra en la cama -aunque hubiese preferido dormir solo- mira la espalda de la chica. Contempla sus lunares y dibuja mentalmente líneas que une lunar con lunar como si fuera un periplo que tuviera que leer.

Cansado, no consigue descifrar el destino y termina por darse la vuelta.

-Hasta mañana Elena.

-Buenas Noches… -Susurra ella.

Y fue en ese instante cuando Samuel se dio cuenta de que él era parte del síntoma. El era parte de la enfermedad. Se dio cuenta, que él mismo, era un efecto segundario de las muertes prematuras.