La chica vuelve cansada de trabajar, ha tenido un día duro. Su piel está recubierta por una película traslucida llamada sudor. Los dedos tienen las marcas de las bolsas que sujeta del supermercado. Lleva agua, compresas, yogurt semidesnatados, un par de manzanas golden y una gran tarrina de chocolate, con virutas de chocolate negro. Abre la puerta del piso. Está todo oscuro. Silencioso. Vacío. Triste.
Deja la bolsa en la mesa de la cocina, los platos están sin lavar, parecen edificios transparentes derrumbados por alguna batalla intergaláctica. Abre la ventana que da al patio. Allí, en el pollete, hay un mechero y un cenicero.
La chica prende un cigarro mientras mira como las prendas de los vecinos ondulan con el viento, y como el viento remolina el humo que sopla. Y como sus soplidos humeantes seca su garganta, opta asi, por cenar la tarrina de un litro de chocolate.
Coge la cuchara más grande de la sección de cucharas del cajón de cubiertos. Y arrastra los pies hasta el televisor.
Es sábado por la noche, hoy no sale. No hay nadie en su corazón desde que se fue. Está todo oscuro, silencioso. Vacío. Triste.
Hay una sombra sentada en el sofá de vaca que la mira.
-¿Quién eres?
-Soy yo. El mono dorado.
-¿Dónde has estado todo este tiempo?
-En una isla con forma de tortuga, que flota en un mar de olas verdes y cetrinas. En un isla donde la sal pica mis labios y los peces mis rodillas. Donde el salitre colorea mi boca y mi cuello.
He vivido con gaviotas borrachas de espuma, que hablaban de pulpos gigantes en una moraga eterna. Y he soñado con sirenas encrespadas por la bruma que me saludaban mientras nadaba con delfines blancos en un puerto, donde los peces capturan niños ahogados olvidados por el hombre.
-¿Sabes que tienes mucho que hacer? ¿No te parece?
-Ahora montaremos el
cortometraje en la estación del Invierno. También empiezo una etapa. Quiero ser
mata-dragones.
-¿Sigues escribiendo poeta?
-Todo los días, a todas horas, en todo los papeles que me trae el viento.
-Te he echado de menos vida.
-Yo también.
-Te veo cambiado.
-Necesitaba empezarlo todo. Reinventarme. El señor Árbol, mi amigo. Me ha regalado un verde marino, un arcoiris de oro, un pájaro que vuela como mi mente. Un papel y un titulo de letras atrapadas por un árbol viejo, fuerte, centenario. Representa la vida. No hay frutos, porque el fruto soy yo.
-¿Crees que te seguirán los otros monos?
-Ellos no me siguen, soy yo quien les sigue a ellos. Son dignos de mi adulación.
-Sigue en sus minuciosos trabajos. En la espera de volver a los Alpes, y que una cabra con lengua de serpiente le guía por el camino de los arándanos, y lo lleven al Castillo de una sola piedra. Dónde le espera un libro con su destino. Mientras tanto, en sus jitanjáforas cree ser el rey de alguna montaña.
-¿Y los demás?
-Todos escriben sobre sus fotografías, sus viajes, sus historias, sus poemas, sus vestidos, sus películas. Todos son imprescindibles para mi. Somos del mismo árbol, pero de distintas ramas.
La chica suspira. El helado se derrite. El mono dorado se levanta.
-Pon el helado en la nevera, y deja que seas tú, la que se derrita esta noche. Ven a mis brazos. He vuelto.